Los hermanos Cajeán
Para Gerardo, que me lo contó.
Los Cajeán
El bar ya había cerrado. El naipe sonaba entre las manos del comisario que los mezclaba con la habilidad de un tahúr. Roberto, impávido, aguardaba para cortar. El dueño se acercó dispuesto a presenciar la partida, repasador al hombro, la botella de caña y tres copitas. Se escuchaba una balada, sonó el motor de la heladera cuando arrancó, entonces, el comisario dijo:
- Me vas a perdonar, Roberto, pero aunque compartamos el naipe, sabés que mi obligación es lo primero. Esta mañana me llamó el juez; quiere tomarte una nueva declaración.
Roberto no cambió su semblante, tal vez pensó que debía permanecer como en el momento en que se resuelve una partida, y respondió:
- Ya que hablamos de trabajo lo trataré como su rango obliga y dejaré lo amistoso para más luego.
- Lo entiendo, Don Roberto. Comprenda que mi espíritu es como el del juez e imagino que como el de todos. Quiero que esto se acabe de una vez por todas y si tengo que atestiguar lo haré a su favor.
- Haga su trabajo comisario. El juez que haga lo suyo. Yo repetiré lo mismo que dije antes. Tal vez él sabe algo que yo ignoro. Usted conoce cómo es la justicia. Cajean no era importante para nadie; yo tampoco. Acá hay alguien que busca algún provecho.
El comisario asentía con gestos suaves con la cabeza, pero contrariado menos por su función que por sus reales convicciones replicó:
- Pero hay que entender que debe cumplir con lo que su responsabilidad lo obliga, debe investigar hasta dar con la verdad.
- ¿Usted cree que la verdad interesa? Además comisario, ¿qué es esto de verdades? O sino, cómo explica que arrebatar la vida ajena puede ser un acto justo o un delito.
Roberto terminaba de liar un cigarrillo. Encendió un fósforo que en la penumbra pareció un fogonazo. Aspiró profundo y retuvo el aire sin sacar la vista de la brasa. Por fin expulsó la bocanada y se dispuso a comenzar el relato:
“Aunque para Cajean yo era un desconocido, en mis recuerdos aún perduran las imágenes de cuando lo conocí. Ciertas cosas supe por boca de mi abuela. Cierro los ojos y me parece como si fuera hoy; su mecedora en la vereda, una voz severa para ese cuerpecito que escondía un espíritu robusto y el cigarrillo siempre entre los labios, contándome: “Se dice que esta tierra era pura brasa antes de que llegaran los pobladores. Se dice también que con los conquistadores apareció el primero de esos Cajeán, lo hizo dando órdenes e impartiendo justicia propia.” Y con una vasta mirada y con un gesto amplio, mi abuela señalaba el pueblo. Repetía la historia no tanto por hablar sino para evitar que cayera en el olvido. Se decía que aunque por el apellido los Cajeán parecían venir de Francia, por el aspecto debían haberlo hecho desde Irlanda. Pero eso no tiene ninguna importancia.
En el pueblo, antes del mediodía ya parecía plena siesta. Las casas volvían al resguardo de los postigos, el aire quedaba quieto y reinaba el silencio que impone el calor. Cuando por fin el sol caía, se escuchaba el chirrido de alguna ventana y la vida, de a poco, se abría paso. Se veía el muchacho del pan con el canasto colgando del brazo, las mujeres asomaban desde los zaguanes y aparecían también los cuatro hermanos Cajeán; a los gritos y a las carcajadas; no caminaban, sino que arrollaban lo que encontraban en su camino. Tenían los pelos del color del fuego. La cara salpicada de pecas. Los hombros anchos. Cuando se perdían dentro del bar, el pueblo volvía a su tranquilidad pero con cautela.
Por las noches todo aquel silencio era invadido por los graznidos de las lechuzas, por los grillos, las chicharras y los gallos que cantaban sin importar la hora, por los suspiros... Los suspiros que sonaban desde las ventanas y desde cualquier sitio oscuro. Hasta que por la madrugada prorrumpían de nuevo las peleas y los alaridos de los Cajeán.
Hay otras imágenes que se mantienen bien vivas como si ahí el tiempo no hubiera hecho de las suyas, como la de Natalia, la hija del carnicero. Mi abuela la compadecía diciendo: “Pobre chica. La madre escapó con unos gitanos. El hombre quedó solo, con la chica y la deshonra a cuestas. No se quién le dio más trabajo, o más vergüenza: la madre o la hija. O tal vez lo arduo fue soportar esa misma deshonra que le infringió primero una y después la otra.” Recuerdo cierta vez que la escuché decir, algo que sentí más como desvarío que como una sentencia: “En el pueblo todo se sabe. Hay zainos que de ello obtienen ventajas. El hombre humillado debe guardar silencio, debe bajar la mirada.” Ella decía que hay hombres que siempre van arrastrándose entre las polleras. “…Esos no son hombres; hay otros, como los Cajeán, que tampoco merecen ser distinguidos de esa manera.”
El calor de aquel noviembre fue enloquecedor, los pozos agotaron sus reservas y se perdieron las pocas cosechas. Un día anunciaron la suspensión de las clases; andábamos con Martín, mi amigo de la infancia, de aquí para allá; siempre planeando alguna travesura. Esa tarde fuimos al bar del gallego para ver si nos permitía intentar con el billar. Allí estaban los cuatro Cajeán, colorados por tanta cerveza; a los gritos: que hermano de acá y hermano de allá. Metían una ficha tras otra y se escuchaban los chasquidos al inicio de cada partida. Mientras tanto las mesas se poblaban con botellas vacías. El más chico tenía la cara picada por la viruela y con veinte años ya tenía la voz ronca por tanto alcohol y tabaco. Recorría el salón molestando con el taco y a su turno no metía ni una bola. Aburridos con la espera decidimos salir a dar una vuelta, cuando entró Natalia. Los hermanos la miraron de arriba a abajo, la chistaron y la silbaron. Ella pidió cigarrillos. Me miró sonriendo y preguntó mi nombre. Acalorado, le dije que me decían Tito. Me guiñó el ojo y se fue. Martín comenzó a empujarme y a gastarme bromas. El gallego reía. Los Cajeán suspendieron el juego. De pronto tronó un bramido: “Eh... pendejo... ¿Qué pasa con mi novia?” - era el más chico.
Todos rieron: mi amigo Martín, los Cajeán y el gallego. Estampó la botella sobre la mesa y se acercó ajustándose el cinto y arremangándose la camisa. Yo quedé muy serio; Cajeán continuó gruñendo: “Contestame pendejo… maricón de mierda.”
Se puso tan cerca que podía oler el vaho de alcohol mezclado con el tufo del tabaco. De un manotazo me solapeó estampándome contra el mostrador. Las risas ahí callaron. Entonces intervino el gallego:
- Pará, colorado, que no quiero quilombo.
- No es asunto tuyo. - dijo echando humo sobre mi cara.
Tosí con los ojos llenos de lágrimas. Sus hermanos intentaron calmarlo pero él ya tenía su decisión muy bien tomada.
Usted sabe que el cobarde que va de matón, más si está ebrio, toma coraje cuando está frente al desvalido, y si es llamado a juicio está obligado a simular su ira más por miserable que por valiente.
Se me aflojaron las piernas. Me sostuvo como a un muñeco de trapo y me arrastró hasta la puerta, la abrió con mi frente y me arrojó al medio de la calle.
Los tres hermanos venían por detrás. Alcanzó a patearme y descargó el taco contra mi espalda hasta que lo sujetaron y se lo llevaron adentro. Forcejeaba para zafarse, intentaba darse vuelta y me señalaba con el dedo como blandiendo un revolver; prometía que la próxima me haría desaparecer. Martín me ayudó a sacudir la ropa y fuimos hasta la plaza para mojarme. En eso que enjuagaba mi rostro sonó la voz de Natalia que como un fantasma reemplazó a Martín. Sentí sus manos sobre mi cuello. Y sus dedos alisar mis rulos. Tenía el cuerpo muy cerquita del mío y su aroma me ayudó a respirar. Cuando me incorporé, vi su escote y logré distinguir gotitas de transpiración en su piel. Disimuló mi rabia y mi vergüenza asentando su pañuelo sobre mis ojos enrojecidos y dijo:
- No les hagas caso a esos borrachos. Ahora a jugar con los amigos, y después se fue.
El golpe de Cajeán no le dolió a mi cuerpo sino a mi orgullo. Recordé lo que decía mi abuela, me acordé del padre de Natalia. Hubiera deseado no estar en aquel bar. En solo minutos transité por el camino de la euforia y por la barranca de la humillación. Cuando el amor exige un acto heroico es duro verse deshonrado.
Por las noches soñaba con Natalia... buscábamos escondites para nuestros encuentros. Soñé que estábamos en una gran ciudad. Caminábamos de la mano entre la muchedumbre. Mirábamos vidrieras, reíamos y nos ofrecíamos regalos exquisitos. De repente, de la nada, aparecía su padre; llevaba una chaira en una mano y un cuchillo en la otra; tenía el delantal ensangrentado. Entonces corríamos y corríamos; en una esquina doblábamos y de nuevo aparecía el carnicero, pero esta vez acompañado del más chico de los Cajeán. Y cuando estaban a punto de atraparnos Natalia desaparecía, y yo despertaba agitado sentado en la cama.
Cuando la cruzaba en el pueblo, sólo nos sonreíamos. Deseaba decirle algo pero ni una palabra salía de mi boca. Después planeaba todo lo que le diría en el próximo encuentro, pero siempre sucedía lo mismo.
Un domingo fuimos con los amigos a la plaza. En eso que pateábamos la pelota vimos a los Cajeán. Martín se enfiló a mi lado. Se acercaban entre empujones, bromas y carcajadas. Nuestra pelota había quedado en su camino, uno lanzó una patada y como bala de cañón la despidió hasta el otro lado de la plaza. Pensé en salir disparando, pero cualquiera de ellos, en dos o tres zancadas, me hubiera alcanzado. Cuando llegaron, pasaron sin advertir siquiera nuestra presencia. Salimos corriendo. Me retrasé. Di media vuelta y me quedé observándolos.
Con Martín planeábamos desentrañar los enigmas que esconde la noche. Cuando todo quedó en silencio nos reunimos en la esquina del gallego y partimos. A cada sonido quedábamos como estatuas, para después avanzar como pumas rumbo al corral. Unos ronquidos prorrumpían desde una ventana y unos suspiros desde otra. Pasamos frente a la iglesia y llegamos a lo del carnicero. La puerta del zaguán estaba entreabierta. Nos mantuvimos en absoluto silencio. Intercambiamos ademanes y nos acercamos. No se veía nada, pero se escuchaban suspiros. Nos miramos. Martín se encogió de hombros y se atrevió a empujar, apenas, la puerta: se entreabrió sin ningún ruido. Apareció entonces un perfil, un cuello estirado, el pelo cayendo sobre los hombros, sus ojos apuntando al cielorraso, la boca se abría y mordisqueaba las yemas de sus dedos. Tenía la pollera recogida y las piernas que ahogaban la cintura de una silueta que como un mastín, la sacudía. La luz provenía del fondo y grande fue la sorpresa cuando descubrí que el más chico de los Cajeán, espiaba como nosotros. Casi pego un alarido cuando reconocí a Natalia. Mi rostro se volvió como si hubiera visto una deformidad. Cubrí mis ojos, pero esa imagen ya estaba cincelada en cada uno de mis sentidos.
Esa noche no pude dormir.
Martín nunca más se atrevió a nombrarla. Cuando la cruzábamos, yo apenas le sonreía y bajaba la mirada, él hablaba de cualquier cosa.
Con Martín explorábamos un mundo que nadie nos enseña, que ni elegimos ni comprendemos. Se nos presentaba en sus formas más despiadadas ante cada descubrimiento.
Así, ya grande como usted me ve ahora, recuerdo la adolescencia: sentirse perdido, el cuerpo lánguido, amorfo, que nos trata con sarcasmo. Los primeros pasos por ese camino de soledad que jamás abandonaremos.
En el pueblo seguían todos los días los mismos debates: el clima, la falta de agua y culpar al gobierno o a los designios del señor; mi abuela, pregonando que el maldito calor era la excusa para perdurar en la desidia y estar condenados a la voluntad de la esperanza. Así fue como se diluyó aquel noviembre.
Pasaron los años, comisario. Don Cajeán llegó a jefe de la comuna y los hermanos traspasaron las fronteras del pueblo con sus aventuras. Yo huí a la ciudad buscando, tal vez, trabajo. Una noche fui al cabaret. En eso que estábamos con unos compañeros escuchamos que se armó un revuelo. Gritos y empujones. Empezaron los insultos. Explotaron vidrios contra el suelo. Griterío de las chicas. Sin pretender participar en problemas, pero con el vicio de la curiosidad, me acerqué. Eran tres contra uno; amenazas, invitaciones para arreglar el pleito fuera del local; quizás fue algún entredicho por una señorita. La lidia sería despareja y los que eran mayoría se tomaban las cosas con calma. Escuché uno que decía:
- Lo llevemos afuera, hermanito.
Otro sugirió:
- Lo cocinemos acá mismo y se acaba el problema.
Reconocí una de las voces. Cuando escuché el grito de “pendejo” confirmé mi presunción: era el más chico de los Cajeán; pero se encontraba solo, enmarañado en la revuelta; dueño ahora de una panza prominente y de pocos pelos tras la nuca. Si cerraba los ojos era la misma voz ronca de aquella tarde en el bar del gallego.
Cuando llegué comenzaban los envites. Tal vez me apostaba cerca para disfrutar de la paliza. ¡Estaba tan borracho como siempre! Los tres se miraban confiados. Uno propuso: “¿Y si lo sacamos y lo dejamos tirado?” Entonces quizás los seguiría y presenciaría la hazaña. Otro agregó: “¡Mejor le damos lo que se merece ahora mismo!” El más chico de los Cajeán balbuceaba. Intentó lanzar un zarpazo, pero le atraparon el puño a pleno vuelo. Explotaron carcajadas. Yo sonreía.
Cajeán estaba acabado. Me acerqué. Hice una señal amigable, lo abracé por los hombros diciéndole al oído: “Vamos Cajeán, vamos... dejalos, che”. Percibí el cuerpo que se aflojaba como el niño que encuentra el regazo de su madre. Balbuceaba con lengua de bola: “Pendejos... matar... pendejos...” Le dije: “Otro día Cajeán... otro día”.
De a poco fui desmontando su atrevimiento. Les guiñé el ojo y restándole importancia sonrieron. Enfilamos hacia la puerta. Una vez afuera se abalanzó sobre el taxi que descansaba a la espera de algún trasnochado cliente. Prendí un cigarrillo y quedé mirando las luces coloradas hasta que desaparecieron tras un suave giro. De pronto mis recuerdos se poblaron de imágenes: el bar de aquella tarde, Martín, Natalia. La presencia del más chico flotaba como un fantasma y sentí su mismo aroma rancio de antes.
Cuando regresé con mis compañeros preguntaron por lo sucedido. – “Un viejo conocido” respondí sin explicaciones. Desde aquella noche no supe más nada de los Cajeán y alguna vez que regresé al pueblo, de pasada pregunté por ellos, pero sólo quedaban recuerdos de sus andanzas.
Hasta que sucedió lo del “05”, comisario. Usted sabe de lo que hablo. No es más que otro puterío de mala muerte.
Ahí estaba tirado el más chico de los Cajeán. Con los trazos de la viruela ocultos tras las vestigios del alcohol. Cuando se armó la gresca yo estaba a su lado. Ambos estaban muy borrachos. El otro sacó un puñal; lanzaba puntazos que se perdían en el aire. Cajeán ni cuenta se daba. Cuando aquel otro lanzó la última puñalada: al vuelo le agarré la mano. De pronto, Cajeán se desplomó hacia nosotros y su cuello se clavó contra el cuchillo.
Eso es todo comisario. Qué más puedo agregar.”
El comisario miraba las cartas que todavía sostenían sus manos. Con una seña ordenó otra ronda de caña. Colocó una carta sobre la mesa; cuando la dio vuelta era un as. Como hablando consigo mismo agregó:
- Acá hay algo que no me queda muy claro. El hombre sacó el puñal. Otro; usted, al vuelo, sujeta o ayuda la voleada. ¿Lo hizo para frenar la puntada o para dirigirla contra el blanco?
- Saber eso es la tarea del juez. Pero él solo analiza los hechos. ¿Qué sabe de Cajean, de Natalia, del dolor? Cómo poder conocer lo que se esconde entre la intrincada mente humana; si un laberinto puede ser asunto sencillo a su lado. ¿Qué sabemos de aquel desconocido que sacó el puñal? Ni el más sabio de los hombres conoce sus verdaderos designios. Soberbia la mía, entonces, si pretendo descubrir mis intenciones. Algo dirá el juez, comisario. Continuemos la partida. Le agradezco que atestigüe a favor mío.

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