De Todo un Poco

Friday, November 04, 2005

El problema de parecerse a Joan Farré

El problema de parecerse a Joan Farré

“Martes trece, no te cases ni te embarques”. Debí haberme quedado en casa. Había acordado visitar ese maldito sitio. Parecía más un viejo dispensario abandonado que un hospital. En la recepción, el guardia leía un diario arrugado; su inmensidad escondía el asiento donde estaba desparramado. “Lo esperan”, dijo señalando el rumbo sin mirarme. En penumbras atravesé el pasillo lúgubre custodiado por soportes de hierro como esqueletos herrumbrosos y camillas dejadas con destartalo. Desde una puerta entreabierta escuché gemidos; me asomé. De las camas vacías, una estaba ocupada. Una diminuta anciana con rostro cadavérico apuntaba la mirada hacia el cielorraso. Miré buscando alguna enfermera, solo vi un balde tirado en el suelo y un palo haciéndole compañía. Abrí un poco más la puerta y continué mi camino. La sala de espera era un sitio luctuoso. Aroma fórmico. Dos mujeres de aspecto espantoso, ahí sentadas, una anciana con cara de arpía y la regordeta que parecía salida de un cuadro de Bottero. Como mobiliario, sillas vetustas puestas en desorden y una mesita con restos de lo que debieron ser revistas. Una tapa suelta mostrando una foto con bigotes dibujados y un diente pintado de negro. La revista “Humor” caricaturizando una enfermera exuberante con ropa interior de encaje colorado"¡Pobre quien tenga que caer acá!” Me senté y amagué un saludo pero nadie me miraba. Pasaron unos minutos y, como de ultratumba, apareció una mujer flaquísima con guardapolvo blanco. “Joan Farré. Señor Joan Farré, por favor” llamó mirándome a los ojos. Luego se fijó en una hoja que llevaba en la mano y volvió a mirarme. Suspiró. Miré a los costados como buscando al nombrado. Se fue demostrando estar contrariada. “¡Qué lugar éste!”, discurrí ahora fijándome en las humedades que afloraban en las paredes y los rincones penumbrosos que no lograban disimular el polvo acumulado.
Terminaría rápido con la inspección y regresaría a casa; o tal vez deambularía por librerías y después a una plaza donde pudiera disfrutar la lectura. Hurgué el maletín y saqué un folleto de la empresa y aburrido me dispuse a hojearlo.
La mujer de blanco apareció otra vez, acompañada de un guardia de seguridad con aspecto de primate y de otro que por los brazos deduje que seria un camillero. Al unísono me miraron y nuevamente comenzó el llamado, “Señor Joan Farré, por favor”. Esperaron unos segundos. Estuve a punto de advertirles que mi nombre era Huby Billiggust pero, cómplices, cruzaron miradas y se fueron. “Ya aparecerá el que buscan”, pensé sonriente. “¡Otra vez me habrán confundido!” No era la primera vez que sucedía. A menudo me saludaban en la calle personas desconocidas; o me paraban para preguntarme si yo no era fulano o mengano. Silbé bajito y logré sumergirme entre recuerdos y olvidar por unos segundos al señor Farré, a la mujer de blanco, al camillero y al primate. Cuando un vozarrón explotó dentro de mis oídos; sólo alcancé a escuchar algo que relacioné con Joan Farré. Era la voz del guardia que, como un espíritu, apareció apostado junto a mí.
- ¿Cómo? ¿Cómo dice? - pregunté sorprendido, alejándome de su aliento cálido que flotaba como humo espeso.
- ¡Que lo están llamando! Hace más de diez minutos que lo están llamando y...
Sonreí de manera sarcástica e interrumpí su absurdo discurso. Con ironía me apresté a aclararle la situación. ¡Qué sorpresa se llevarían al enterarse de que yo era un simple parecido! De ser homónimos, lejísimos estábamos. Los imaginé pidiendo disculpas y después, enterados de la confusión, todos juntos riendo a carcajadas.
- Disculpe – le dije – pero a mí nadie me ha llamado.
- Señor Farré - dijo deletreando ese apellido - la enfermera lo llamó.
El tono que utilizó traspasó el límite de lo que estaba dispuesto a tolerar ese día. ¡Era demasiado! Pensé en levantarme e irme. Pero preferí recorrer el camino de los que entienden. Conté hasta tres y le dije:
- ¡Disculpe usted, caballero! Ustedes se pararon ahí y llamaron a un tal Joan Farré, eso lo escuché clarito, pero le aviso que “ese” no es mi nombre. Le aclaro que me llamo Huby Billiggust, señor Billiggust.
Abrió grandes los ojos, como si le hubiera dicho que era un extraterrestre. Sin pedir aclaración ni solicitar disculpas, dio media vuelta y se fue dando zancadas, balanceando los brazos como un simio. Busqué complicidad en la sala, pero las dos mujeres me observaban azoradas como si yo fuera un espanto. Las increpé con la mirada. Si esto seguía así, a ellas también les diría algo. Sonreí por dentro, frustrado porque mi gracia no había encontrado eco entre los presentes.
¡De nuevo apareció el guardia! Venía con dos compañeros y el mismo camillero de antes. Esta vez, fue él quien habló:
- Disculpe, señor Farré.
¡Otra vez! Ahora ya me cansé.
- Ya basta de disculpas - lo interrumpí - Me están cansando con esta historia. No soy el señor Farré, ni Joan. Ya se lo dije clarito a su compañero. Soy Billiggust. Huby Billiggust. Inspector de la empresa de limpieza y si no me atienden rápido me llevo el certificado y me voy - advertí reclinándome en la silla.
Pensé en aclararle qué mi aspecto era vulgar, pero harto de esta situación, no me encontraba con ánimo para dar explicaciones a nadie. “¡Explicaciones! Qué se las de Magoya”
- Señor.. mmmm... Bueno, como quiera que lo llamemos - empezó el de blanco - entendemos que sus nervios estén alterados por a la intervención, lo juzgamos razonable pero el equipo de cirugía tiene todo preparado y...
Demoré un segundo eterno en reaccionar al absurdo que penetraba en mis oídos. ¿Sería una pesada cámara oculta? Cansado de tanta estupidez, de un respingo salté de la silla dispuesto a irme de ese loquero; pero dos guardias como gorilas deformes sujetaron mis brazos. “¡Qué hacen ustedes!” los increpé con mi voz. El cuerpo se balanceó para zafar de las fortísimas garras que apretaban como pinzas. “¡Larguenme o llamo a la policía; qué se han creído, matones!” Las amenazas retumbaron en oídos sordos y fui a parar dentro de un cuarto solitario. A un gesto del camillero, aflojaron la presión y refregué los antebrazos reculando. Esto pasaba de pardo a oscuro y me sentí víctima de un gran atropello. Uno de los gorilas empezó con un sermón. “Sabemos que mucha gente se arrepiente momentos antes de la donación; pero en este hospital, no. Mostraron sonrisas como las que aparecen en un estúpido programa cómico de la televisión
– Acompáñenos, por favor, y deje trabajar a los profesionales.
¡¿Pero qué era esto?! Se me ocurrió que podía ser el día de los santos inocentes y esperé unos segundos a que alguno de ellos explotara en risotadas, que todos juntos lanzaran aplausos y, doblados con los brazos cruzados contra el estómago, me develaran la verdad de la broma. Pero seguían con los rostros impávidos. “¿Qué carajo dice? ¡De qué están hablando!” vociferé encolerizado.
Mi importunidad los obligó a atraparme como a un niño trépido que grita caprichoso. Entre alaridos y forcejeos, me sacaron la ropa. Tendieron mi desnudez sobre una camilla, afeitaron el cuerpo y lo taparon con una bata blanca. “¡Están locos, qué creen que hacen! ¡Les haré juicio, los denunciaré!” grité poseído por un frenesí violento. “¡Qué hacen hijos de puta!”
Acto seguido, como una varita mágica, un pinchazo atravesó mi nalga desnuda. Antes de poder decir siquiera “ay”, una implosión se produjo en cada uno de los músculos que formaban mi cuerpo. Quedé derrotado, como aquel que orbita ingrávido en una esfera celeste rumbo al ápex. Intenté disparar un golpe pero los brazos parecían los de un muñeco de trapo.
Mis oídos escucharon algo así como hígado o vesícula, y la palabra “transplante” que flotaba amorfa. “¿Está todo listo?”, consultó uno de los guardias. “Momento, por favor”, respondió el camillero mientras untaba el cuerpo con un líquido helado. En ese instante decidí dar batalla y no rendirme. Esta vez no bajaría los brazos fácilmente. Concentré mis menguadas fuerzas e intenté bajar el cuerpo de la camilla. Pero... ¡Qué impotencia! Lo que pocos segundos antes creí manejar con mi voluntad, algo tan mío como mi cuerpo, había pasado a conformar el designio ajeno. ¡Ay de mi vida! ¿Dónde estaba la misericordia, la justicia y el libre albedrío? Definitivamente, mi destino era voluntad de las mayorías. Quise hablar y salieron sílabas entrecortadas.
“Momento, momento, parece que quiere decirnos algo”, la voz del camillero que arrimaba su oído junto a mi boca. “¡Delira! ¡Tiene un miedo que se muere! Apuremos que se cumplió mi horario” acotó el fauno guardia.
Trasladaron mi despojo trémulo a otra camilla. Me ataron a ella con cinturones y la empujaron por pasillos interminables; era un gran túnel con monstruos sonriendo sobre las paredes. ¡Blummm! ¡Plashh! ¡Blummm! Los golpes contra las puertas vaivén.
El sonido de una última puerta se escuchó anunciando el arribo al infierno. Figuras iguales, vestidas de blanco, coronaban la triunfal entrada. Ese blanco los volvía inmaculados y bendecía su proceder.
“¡Te hiciste esperar, Joan Farré!”, dijo el médico inspeccionando mis pupilas. “Colóquenlo en la camilla de cirugía”, agregó ajustándose los guantes.
Me cambiaron al sitio indicado y luces aniquiladoras enceguecieron mi escasa vista. Pero conocí por fin la fácula. ¡Estaba vencido!
“¿Presión? Anestesista, por favor, su turno”. Me ofrendó. Aquel se acercó y de nuevo me dieron otro pinchazo. Comencé un viaje extraño, aunque permanecía inerrante. Un olfato, que no era el mío, me convidó un aroma fresco a campos de lavanda, pasaron aviones, divisé satélites y vi los destellos de la estrella nova. También apareció un girasol, tenía una sonrisa marcada entre las negruzcas semillas, a su lado una amapola abriéndose que estaba roja, roja, más roja que el rojo de la sangre y fue la que me calmó.
Previo a que los restos de conciencia se fugaran, escuché un golpe seco prorrumpiendo en el quirófano. El sonido penetraba como un meteorito nuncio:
“¡Paren, por Dios, paren! ¡Éste no es Joan Farré, paren, por favor! Farré apareció en el baño, paren.” Entró la enfermera con los brazos en alto, queriendo evitar la injusta masacre.
Imaginé una sonrisa, lágrimas y una carcajada. En las sienes se propagaban ecos infinitos de aquellos “¡Paren!” “¡Error!”
Me sentí a salvo como en el cenit. Pero ya estaba muy lejos. Como a un pársec de distancia. Ahí, todos los recuerdos se fundieron con el presente. Todo junto formó un puñado de sucesos que cabían en la mano de un bebé. Se batían en un espacio cósmico y brillante hasta formar un amasijo más pequeño que el más fino grano de arena.
-¿Cómo que un error? ¿De qué me habla? - dijo el médico a la enfermera.
- ¡Éste no es Joan Farré! ¡Éste no es el donante!
Sentía las voces cada vez más lejos. Se armó un gran barullo y en ese preciso instante no pude reconocer más nada.
Ahora, en este espacio brillante, puedo recrear cada milisegundo de mi vida con claridad y observancia. Así lo hice con ese momento confuso y doloroso y vi al médico en el instante del apogeo. El barbijo almidonado, blanquísimo; ambas manos enguantadas en látex sobre la camilla y su rostro firme escrutando mi rostro lánguido. Dio la orden cual una bendición: “¡Demasiado tarde! No hay vuelta atrás. Sacaremos los órganos y los congelaremos.”
Disgregado; congelado; permanezco. Y mi corazón endurecido aún palpita.



Santiago de León
gandeleon3000@yahoo.com
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