De Todo un Poco

Friday, November 04, 2005

La casa de los Pablito

La casa de los Pablito

Mi primera gran experiencia con lo ajeno fue en la casa de Pablito, un compañero de colegio que quería ser Napoleón.
Ese fin de semana mis padres irían a un encuentro de matrimonios que organizaba la parroquia. El sábado por la mañana repartieron los diez hermanos como se hace con un mazo de naipes. Dos en la casa de una tía, otros dos en lo de una prima, tres en lo de una amiga de mi madre, los dos más grandes quedaban cuidando la casa y sobraba yo. Como siempre. Los familiares o amigos que solían cuidarnos me consideraban demasiado travieso, por lo que aterricé en lo de Pablito. Sus padres pensaban todo lo contrario, decían que yo era un santo y estaban felices con nuestra amistad.
Hicimos juntos el jardín de infantes y como teníamos la misma altura la seño[1] nos hizo formar uno al lado del otro y así nos conocimos.
La casa de los Pablito era enorme, olía a ricos perfumes y permanecía silenciosa, como deshabitada. Estaba repleta de cuartos y recovecos que la hacían misteriosa y yo siempre tenía la oportunidad de descubrir algo nuevo, un rincón, un escondite o un disimulado cuartucho.
Entrabas por un recibidor. Después pasabas a un espacio más grande desde donde nacía la escalera que llevaba al primer piso. En el descanso hacía una curva amplia y terminaba en un pasillo como un gran hotel. Repartía puertas a los dormitorios y a otros cuartos cerrados con llave. Al de la abuela teníamos prohibida la entrada, y el de Natalia, la hermana de Pablito que era un año menor que nosotros, estaba poblado de peluches y muñecas y tenía las paredes pintadas de ocre y azul.

El living parecía un anticuario con muebles viejos, sillones gastados y adornos que temblaban cuando pasábamos corriendo cerca. La pared del fondo eran puertas ventanas que daban a la galería y desde allí se veía el jardín.
Nunca olvidaré la primera vez que fui a la casa de Pablito... propuso jugar a las escondidas y me oculté en la galería, entre los troncos de los jazmines, allí me quedé quieto; el olor dulce de las flores blancas me envolvió y comenzó a escucharse el sonido suave del piano, era una música alegre pero melancólica que hacía que te dieran ganas de quedarte horas y horas escuchándola. Nada que ver con el himno y esas marchas horribles que tocaba la profe de música. Parecía que la mamá de Pablito tocaba el piano con más de dos manos o que tocaba dos pianos a la vez.
Desde la galería descendían tres escalones hasta al jardín. Era más grande que toda la casa junta y debíamos andar por unos caminos de laja negra. Natalia los recorría saltando en una pata, jugando a que si erraba caería en un “profundo precipicio verde”; Pablito decía que era el esqueleto de un dinosaurio africano; para mí eran las lajas por las que saltaba Natalia.
Las paredes estaban cubiertas por enredaderas y por enamoradas del muro, según le escuché decir a la abuela. Ese nombre me encantó, por eso lo aprendí... “enamoradas del muro”. También tenían geranios y rosales como los de casa, pero los nuestros eran más lindos ya que mamá los abonaba con restos de café, sin importarle que papá creyera que iban a nacer flores negras “echándole tanta cosa”. El pasto era de un verde oscuro y nunca lo vi crecido; era el orgullo del padre de Pablito que decía que era mejor que el de la cancha de golf. Y por fin, lo que a mí más me gustaba: bien al fondo, como un pequeño lago, estaba la pileta que hasta en invierno mantenían limpia; y al lado, como vigilando, una gran palmera de esas gordas que aparentan tener cómodas reposeras en la punta, le colgaban hojas inmensas que parecían tristes o que estaban descansando. Yo creía que las palmeras crecían en los parques y en las playas de Brasil, pero nunca en una casa y pensaba que si mis padres algún día venían a lo de los Pablito se pasarían toda la tarde sentados bajo su sombra, tomando mate y vigilándonos mientras jugábamos.

Natalia era la chica más linda que alguna vez haya visto en la tierra. Tenía el pelo entre rojizo y amarronado y lleno de bucles, los ojos parecían sorprendidos y reía todo el tiempo. Sabía absolutamente todo, desde el lugar en el que había caído la pelota, a nuestros mejores escondites y trincheras, y hasta el segundo exacto en que yo llegaba a la casa. Era vivísima. Cuando Pablito la peleaba ella no le hacía ningún caso, pero a mí me daba una bronca terrible. Tenía expresiones muy graciosas... cada vez que algo la sorprendía repetía “a la flau-ta” seguido de un silbido suave acentuado en cada una de las sílabas de la frase; o imitando a la madre decía “o la laaa” estirando la ultima “a” según la gravedad del acontecimiento.
Logré conocerla después de varias veces de haber ido a lo de Pablito. Pero antes la había visto en un portarretratos que había sobre la chimenea con una foto muy grande donde estaba subida a un caballo de la calesita con un sombrero de cowboy sobre la nuca. La cara era toda una sonrisa y tenía el brazo izquierdo levantado como si participara de una doma.
Aquel fin de semana que quedé en guarda en lo de Pablito la vi por primera vez. Llegué el sábado temprano. Toqué el timbre y me distraje mirando el techo, donde solía haber un nido de jilgueros, pero ya no estaba. Sentí el ruido del picaporte y cuando bajé la vista la vi. Estaba parada sonriéndome. Maravillosa... era mil veces más linda que en la foto. Respiraba agitada. Con una mano sostenía la puerta y en la otra la piola de saltar enredada entre las piernas. Llevaba un uniforme de tenis blanco y dos colitas atadas con cintas coloradas. Sin darme tiempo ni a saludarla, me estrelló un beso en la mejilla, dio media vuelta y salió corriendo saltando la piola y gritando “Es el Benja, Pablito... llegó el Benja”, como si me conociera de toda la vida. Me quedé parado como un tonto y la bolsita de plástico con el pijama cayó al suelo. Las colitas se meneaban de un lado al otro y la pollera se movía como la de una bailarina a cada brinco que daba. Natalia no tenía ningún parecido con su hermano. Era única. Los labios parecían recién pintados y sus manos, cuando no olían a jabón, olían a mandarina. La vocecita era como el sonido de un tonete, pero no el que chilla sino el que es un poco ronco y cuando la escuchaba hablar me sucedía lo mismo que cuando escuchaba cantar a mi mamá: no quería que la canción terminara nunca. Tenía los cachetes del color de una granada, todo el tiempo se estaba riendo y no se quedaba quieta ni un segundo.
Cuando jugaba a la rayuela dentro de la casa parecía que en cualquier momento iba a caerse, saltaba en una pata tambaleándose para todos lados y pasaba rozando los adornos sin importarle el lío que se podía armar si volteaba alguno. A mí me daban ganas de pararme cerca para cuidarla como quien se pone pegado al hermanito cuando está aprendiendo a caminar.
Aquella vez salió con la abuela a dar un paseo; cuando regresaron nos buscó diciendo que había traído un regalo. Se paró en la galería dándonos la espalda y con Pablito quedamos en el jardín. Sacó de un paquete unos caramelos, anunció que los tiraría a la manchancha[2] y empezó con la cuenta: “a la una... a las dos y a las... tres” amagando con arrojarlos. Pablito y yo mirábamos al cielo con los brazos levantados, listos para correr hacia donde hubieran caído; Natalia se daba vuelta riendo a carcajadas y así seguía, hasta que Pablito perdió la paciencia y empezó con las amenazas. Ella se acercó desafiante y a pesar de la bronca del hermano nos dio dos caramelos a cada uno. Cuando Pablito salió disparando, me puso dos más en el bolsillo guiñándome el ojo y se fue dando saltitos y cantando algo que decía que nosotros no sabíamos jugar a la “manchancha”. Yo sabía que se refería solo a su hermano.

A Pablito le decíamos Napoleón o él se hacía llamar de esa manera. Y en su casa él me llamaba soldado Min, “que fue un soldado muy famoso” decía, pero yo sabía que era por lo de Benjamín.
Esa tarde salieron todos y quedamos los dos solos. Como siempre, propuso jugar a la guerra y también como siempre acepté. Cuando dio la orden de atrincherarse salimos corriendo como si fuéramos al galope tendido, pegando alaridos escandalosos. Más parecíamos un malón apocado que un batallón de soldados.
Él partió hacia la cocina y yo hacia la escalera. Llegué al descanso y todo estaba en silencio nuevamente, sin que se sintiera ni el ruido de mis pisadas. Pablito estaba preparándose para la batalla. Continué sigiloso hasta al pasillo cuando divisé una tenue luz que se colaba desde el cuarto de la abuela. Miré hacia atrás para asegurarme que el “general” no venía en mi captura y me acerqué en puntas de pie. Empujé la puerta entreabierta con un solo dedo. Aferrado al marco asomé el cuello dentro: ¡¡¡nadie!!! Entonces me metí. Parecía un museo desierto. Impecable. Relucía y olía a azahares y a una colonia dulce que me trajo recuerdos de mi abuela. No se escuchaba ni un ruidito. Allí adentro podría vivir cómodamente la mitad de mi familia. La cama era de bronce y parecía la de un hada cubierta de algodón o de nubes. Me dieron ganas de correr y de una voladita zambullirme dentro. En cuatro patas gateé y me metí debajo. Quedé como las momias que aparecen en los libros de historia. Sentí el calor de la alfombra contra mi espalda y esperé unos segundos hasta que los ojos se acostumbraron a esa nueva penumbra. El elástico de la cama parecía estar encarcelando el colchón. El estampado de la tela dibujaba el bosquejo de un mapa mágico lleno de continentes misteriosos, océanos hurgando la tierra y ríos serpenteando bosques y montañas. Por los bordes, el cubrecama hacía de pollera de ese universo inesperado. Pensé que si fuera mi cuarto pasaría todo el rato allí abajo e invitaría a Natalia para planificar en secreto los viajes que haríamos de grandes.
Cuando estaba a punto de cerrar los ojos para seguir soñando, algo perturbó la calma arrancándome de esa maravillosa fantasía donde estaba refugiado. Entre el colchón y el elástico, a la altura de mis ojos, distinguí un sobre color durazno. Miré hacia los costados temiendo que alguien hubiera ingresado, pero continuaba solo. Solivié el colchón y saqué el sobre. Era muy suave, como terciopelo fino, y estaba atado con una cinta anaranjada. Desaté el nudo y lo abrí. Adentro había un montón de billetes verdes perfectamente acomodados. ¡¡¡Eran muchísimos!!! Yo, jamás de los jamases había visto tantos billetes juntos, ni siquiera cuando en casa jugábamos al Estanciero. Sufrí un susto como si un aparecido prorrumpiera desde allí adentro. Pensé que en cualquier segundo escucharía las sirenas de la policía. Un frío helado floreció dentro del pecho, se dirigió hasta el estómago y sentí ganas de vomitar. No sé cómo hice, pero en menos de tres segundos cerré el sobre, lo metí donde estaba, salí de abajo de la cama y corrí hasta el pasillo. Entorné la puerta y en el mismo segundo, como si me hubieran sacado algodones de los oídos, empecé a escuchar los alaridos de Pablito.
- ¡¡¡Soldado Min!!! ¡¡¡Soldado Min!!! Presentesé ahora mismo o lo echo de mi casa...
- ¡General! ¡Acá estoy... general!
La escalera temblaba por los pasos furiosos de la autoridad que acudía a disciplinar la tropa.
Se paró firme en el último escalón. Los pulgares encajados en el cinturón, tal vez dispuesto a “matarme” si no le conformaba la respuesta, preguntó:
- ¿Dónde diablos estabas soldado Min?
- En la trinchera mi Napoleón - mentí sin pestañar siquiera.
- ¿Cuál trinchera? Te busqué en todas. No te habrás metido en el cuarto de la abuela ¿no?
En ese momento hubiera regado de sangre mis mejillas. Sus ojos se desorbitaron y apuntaron a mi cuello, los labios se fruncieron y tomaron un color pálido. ¡Debía tranquilizarlo! Que se me ocurriera alguna cosa por dios... cuando del fondo del alma me salió, como un corcho que estaba atascado “¡¡No general, eso está prohibido y usted sabe que el soldado cumple las reglas!!”
La respuesta no logró convencerlo pero distinguí un suave rosado regresando a poblar sus labios. Pablito me miraba con los ojos, con las cejas y con el cuello que tenía estirado hacia adelante. Temí que descubriera lo del sobre, que le acusara todo a mis padres y entonces, no poder ver más a Natalia. ¡¡¡Estaba desesperado!!! Tenía que hacer algo más. Y rápido... ¡¡ya, ya!! ¡No tenía más tiempo!
- Vamos general Napoleón. ¡¡¡Adelante mi Mariscal!!! - le dije convencido de que halagarlo con tales rangos le haría pasar cualquier rabieta. - ¡¡¡Continuemos con la batalla!!! - lo animé pensando que la próxima vez debería llamarlo “emperador”.
El entusiasmo por seguir dando órdenes serenó su furia y propuso empezar nuevamente con la batalla. “Está bien soldado Min. A combate”. Y salió como un loco rumbo a la cocina. La sangre se coló por fin en mis mejillas y la voz que antes temblaba ahora sonó más serena. Me sentí aliviado. Salvado. Marché dando fuertes zapatazos contra el suelo y moviendo los brazos como un soldado prusiano, sintiendo una inmensa euforia por seguir con “vida”. Me dirigí hacia las trincheras del baño, me metería en la bañera que era el cuarto o quinto lugar en ser inspeccionado.
Cuando pasé de nuevo frente al cuarto de la abuela fue como si me hubiera estrellado con un muro invisible. A lo lejos se apagaban los gritos de guerra. Temí haber dejado rastros de mi visita. Me arriesgué a entrar. Esta vez, poseído por un extraño ser experto en hurgar cuartos, procedí con cuidado: saqué las zapatillas, introduje ese “ser” bajo la cama, sus manos tomaron el sobre, extrajo un billete y volvió a poner las cosas en su lugar mejor que si lo hubiera hecho la propia abuela. Fui el responsable de revisar que todo estuviera tal cual lo había encontrado; salí en puntas de pie y con los hombros encogidos, una zapatilla en cada mano, listo para dirigirme a la trinchera de la bañera.
En ese preciso instante supe, confirmé, reconfirmé, mi verdadera profesión.

Fue un buen comienzo. Sabía que había más escondites, más sobres o más tesoros en alguna parte. Lo había visto en cientos de películas, lo había leído en libros y revistas. Hasta me lo habían enseñado en el colegio cuando la maestra nos leía los cuentos de la Isla del Tesoro o Simbad el Marino.
Al día siguiente, después del almuerzo, partí a casa. A Natalia no la había vuelto a ver. El billete estaba bien escondido bajo la plantilla de mi zapatilla derecha.

Estuve dando vueltas por mi cuarto, no sabía si quería regresar a lo de Pablito o ir a jugar. Tenía una sensación distinta a la de todos los domingos. Esta vez deseaba que llegara el lunes. Las ganas de ver a Natalia estaban mezcladas con la curiosidad por saber qué hacía la abuela antes de acostarse. ¿Y si todas las noches revisaba el sobre? ¡Tamaño escándalo se armaría!
El lunes desperté antes que el reloj sonara. Fue el único lunes de mi vida que sentí ganas de correr hasta el colegio. Llegué y vi a Pablito. En el patio, con los del otro grado. Pasé por donde sabía que me vería. Sentí sus corridas arrimándose por mi espalda.
“Ay... ay... ay”, pensé. ¡Si habían descubierto todo...!
Sentí pena por mi madre, la rabieta que se agarraría. Y ni pensar si me metían preso... la imaginé llevando un taper con arroz o con fideos a la seccional.
Llegó agitado. Se paró y me dijo:
- Hola Benja.
- Hola Pablo - respondí simulando buscar algo en la mochila.
- Otro día podés volver a casa ¿no?
Ah... respiré profundo, sentí alivio, sonreí. Deseé correr y abrazar a Natalia. ¡No me habían descubierto! Si hubiera sabido hacer piruetas o mortales las hubiera hecho todas hasta agotar mis fuerzas. Estaba a salvo y tenía la invitación para regresar a la casa, pronto podría ver a Natalia. “Otro día podés volver a casa ¿no?... ¿no?... ¿no?... ¿no?” retumbaba en mis oídos.
“¡¡¡Por supuesto...!!!” respondí intentando saludarlo como un rapero, con golpes de manos, puños y toqueteo de dedos, tal como hacía mi hermano cuando se veía con los chicos del barrio. Pablito no entendió nada, levantó los hombros y se fue.
Durante esa semana Natalia llenó mis pensamientos. El tiempo estaba quieto. Cuando hacía los deberes las agujas del reloj parecían clavadas. Las tardes avanzaban en tortuga.
Cuando iba a la cama soñaba despierto que escapábamos con Natalia. Llegábamos a la orilla del mar, el agua estaba tibia, nos bañábamos, nadábamos y después la invitaba a comer helados, no los palitos de agua sino unos cucuruchos dulces bañados en chocolate. Y si quería otro, llamaba al heladero para que instalara el carrito al lado nuestro y mientras disfrutábamos tendidos bajo una palmera, nos preparaba otro más grande de frutilla, banana y dulce de leche, todo mezclado, olvidándose que sólo podíamos elegir dos gustos. Después nos traían unos vasos gigantes de coca cola y tomábamos sólo la mitad. En el sueño también aparecía una colección de muñecas que había hecho traer de todo el mundo para Natalia. Había rusas, españolas y holandesas. Pero su favorita era una senegalesa con un vestido de colores azules, verdes y anaranjados y un gran turbante amarillo enrollado en la cabeza. Después, me quedaba dormido y el sueño continuaba... debía hacer raras artimañas para sacar el billete y pagar lo que compraba. Me ponía de espaldas, metía la mano en un bolsillo y los dedos quedaban atrapados allí dentro. “¿Qué pasa?” preguntaba Natalia e intentaba mirarme de frente, yo giraba para continuar dándole la espalda y cuando por fin lograba desencajar los dedos y me daba vuelta ella había desaparecido y en su lugar se encontraba Pablito disfrazado de Napoleón que con el dedo índice me señalaba y gritaba “culpable, culpable” con voz tremebunda. Otra vez, buscaba el billete en el bolsillo y no lo encontraba. Buscaba en la bolsita de plástico y tampoco estaba. Entonces me acordaba que lo había dejado olvidado en el cuarto de la abuela. Salía corriendo para recuperarlo y me perdía en el camino. Cuando quería regresar, aparecía en la puerta de mi casa. La última vez sacaba el billete tranquilamente, pero cuando se lo entregaba al heladero se había transformado en un pedazo de diario viejo y arrugado. ¡Era horrible esa parte del sueño! El heladero empezaba a los alaridos “embustero, estafador” Yo, con manotazos y mímicas, luchaba para que se callara o para que gritara más despacio. Por suerte Natalia estaba tan concentrada con su helado que no lo escuchaba. Pero yo, ni en la peor parte de los sueños permitía que ella descubriera lo del billete.
El jueves siguiente le pregunté a Pablito sobre sus planes para el fin de semana. “Vamos al campo de unos amigos de mis padres” dijo. Sólo faltaba agregar que tenían un hijo de nueve que conocía los gustos de Natalia. Pero no...
El otro fin de semana era la comunión de una de mis hermanas... después el cumple de mi papá...Y al otro partimos al campo. Mis hermanos más grandes quedaban en casa y les propuse quedarme con ellos. Se rieron como tontos diciendo que ni locos, que preferían ir corriendo hasta el campo o estudiar latín o griego antes que quedarse conmigo. ¡Eran unos imbéciles! Ya sería grande y me vengaría.
Y así pasaban las semanas y no aparecía ni una sola oportunidad para ir a la casa de Pablito. El tiempo se había convertido en una cosa extraña que transcurría rápido y lento a la vez. Las mañanas y las tardes parecían agua estancada, de esa que se mueve apenas. La noche, si podía dormir de un tirón, pasaba volando. Los jueves y viernes me pesaban los sedimentos de tristeza de los días anteriores. Los viernes deseaba que llegara el lunes y los lunes que llegara el viernes y así, el tiempo era un perro queriendo morderse la cola.
Se acercaba el verano. Si comenzaban las vacaciones debería esperar hasta el otro año para regresar a la casa de Natalia. Faltaban dos semanas para terminar las clases y estábamos en plenos preparativos de los ridículos ensayos de la obra de teatro donde yo hacía de conejo y Pablo de león. Mamá, que me probaba las orejas, dijo que estaba invitado a pasar el sábado en lo de Pablito. El padre había venido de Europa y había traído un gran sombrero de Napoleón que le iban a entregar y querían que estuviera yo para el estreno.
Salté de alegría, casi me clava el alfiler en la oreja, la abracé y la llené de besos ruidosos en toda la cara. Salí corriendo, fui hasta mi cuarto y saqué el poquito de ahorro que me quedaba. Fui a la mercería de Doña Fany y pregunté por el vestidito de Barbie de la vidriera. Era demasiado caro. Regateé y me lo llevé, sabiendo que lo podría haber sacado sin que se diera cuenta. Pero era para Natalia.
Ese viernes apenas pude dormir. Despertaba agitado. Lograba dormirme por unos segundos y despertaba otra vez. Escuchaba el tic tac del reloj de la cocina, la respiración de mis hermanos, el ruido de mi cuerpo al rozar contra las sábanas. Daba vueltas y vueltas en la cama.
Entre sueños me veía llegando a su casa; una señora desconocida me abría la puerta y me decía que allí no vivía ninguna Natalia. De pronto aparecía Pablito, furioso, buscando el sombrero de Napoleón. Envolvía mi cabeza con la almohada pero los ruidos sonaban más fuertes. No entendía por qué el tic tac, la respiración y ahora las gotas que perdía el pico del lavatorio tenían que retumbar a coro, justo la noche antes de ir a lo de Natalia. A medianoche me levanté y controlé que el paquetito con el vestido aún estuviera donde lo había guardado. Regresé a la cama y pude dormir hasta el amanecer. Cuando empezó a clarear me levanté. Fui hasta la cocina, intenté prepararme la leche pero tenía el estómago tan cerrado que no pasaría ni un vaso de agua. Esperé allí hasta que mi padre se levantó.

A las diez de la mañana ya estaba en la casa Cuando apoyé el dedo sobre el botón del timbre, se abrió la puerta. Me quedé helado cuando la vi. Se acercó y sujetándose de mis hombros en puntitas de pie, me dio dos besos: uno en cada mejilla. Me puse colorado y levanté la bolsita de plástico donde llevaba el regalo. Quise decirle algo pero la arrancó de mis manos, dio un empujoncito en mi hombro y salió corriendo por el pasillo. Al mismo tiempo venía corriendo Pablito retándola porque me había abierto la puerta.
En ese momento lo hubiera disfrazado de soldado enemigo recluyéndolo en un calabozo a pan y agua por toda la tarde. Anunció que deberíamos jugar en el jardín, ya que en el verano teníamos prohibido hacerlo adentro... prohibido entrar a la casa con los pies mojados... prohibido gritar fuerte a la hora de la siesta. Con las órdenes bien claras salimos a jugar.
Ese día me sentía feliz, después de tantas penurias y pesadillas sufridas. Me sentía contento de que el general me matara con sus bayonetas, me martirizara con sus discursos y me hiciera marchar, sin entender nunca eso de “a paso redoblado”.
A la hora de comer apareció Natalia con la muñeca entre los brazos. Casi me desmayo: la llevaba con el vestido que yo le había regalado. Se la enseñó a la abuela y a la madre preguntándoles:
- Miren el vestido nuevo de Belén. ¿Les gusta?
- ¿A ver?... lindísimo... ¿De dónde lo sacaste? - preguntó la abuela.
- Se lo cambié a una compañera de colegio - dijo mirándome de reojo con una sonrisita.
Deseé correr, abrazarla y, como hacían en las películas, tomarla de la cintura, levantarla como se elevan los avioncitos del parque de diversiones y tenerla allí arriba haciéndola dar vueltas y vueltas.
Al rato apareció disfrazada de dama antigua con una pollera colorada y una camisa blanca. “¿Puedo jugar?” preguntó balanceando el cuerpo para que el vestido se acampanara. El hermano le respondió “Andate y no molestés que es un juego de varones”
Ella tenía los ojos llorosos. Sólo proponía jugar un rato a la mancha. Yo le hubiera dicho que no sólo un rato sino que podíamos jugar hasta fin de año a la mancha o al juego que quisiera, hasta me animaba con las muñecas o al papá y a la mamá y si Pablito no quería, que se fuera con sus sables, trincheras y cañones a jugar a otro lado.
¡Cómo no venía mi hermano!, pensé. Le encantaban las cuestiones de guerra y podía entretenerlo y dejarme solo con Natalia.

Después de la sobremesa los grandes fueron a dormir la siesta y quedamos solos con Pablito. Le pedí si podíamos descansar de tantas batallas pero como si mi voz no hubiera ni siquiera sonado, dio la orden: “a los refugios mis soldados”. Levanté los brazos ya hartísimo y caminé por el borde de la pileta arrastrando los pies hasta que llegué a la palmera. Miré hacia atrás por si acaso estaba vigilando, pero había desaparecido como un fantasma. Entonces trepé lentamente.
Encontré un lugar cómodo entre las gruesas hojas que parecían filosas y tenían forma de reposeras. Miré hacia abajo y aunque no estaba muy alto sentí vértigo. En eso que miraba para todos lados, entre las hojas divisé algo que brillaba. Como un trozo de metal plateado. Las angustias y los recuerdos se dispararon a un lugar lejano. Miré hacia todos lados y decidí acercarme. Me sostuve de las hojas, de los tronquitos y de las astillas y como un gato sigiloso me acerqué cuidando de no caer, pero sin dejar de vigilar el objetivo y los alrededores. A mitad de camino el reflejo se transformó en un frasco oculto. El descubrimiento me permitió un descanso de segundos y continué hasta el objetivo. En dos gateadas más llegué. Era un frasco de dulce de leche; sin tocarlo acerqué el ojo, pero no pude divisar nada. Me acomodé lo mejor que pude como aquel que intentará abrir una caja fuerte. Refregué las manos estudiando detalladamente la posición en que se encontraba el hallazgo. Lo tomé y sacudiéndolo apenas me lo acerqué al oído, algo golpeteaba dentro. Lo abrí y allí estaban, perfectamente acomodados, dos rollitos de billetes idénticos a los del sobre de la abuela. Saqué uno solo. Lo cerré y bajé para cambiar de escondite.
Ese día no sentí el horror de aquella primera vez. Sabía que quien hubiera escondido ese frasco era mi competencia, o que, por alguna causa desconocida y seguramente no muy “santa” había decidido resguardar allí su “tesoro”.
¿Quién podía ser? ¿La Abuela? Imposible. Había casi una sola posibilidad: Pablito.

Al fin de semana siguiente volví a ser invitado. Por supuesto que me atendió Natalia. Dijo que su hermano había ido con la abuela a hacer algunas compras y que volvería más tarde.
- Te compré este regalito Benja - y me entregó un paquete lleno de figuritas.
- Gracias Nati.
- No te di las gracias por el vestidito para Belén. ¡Es hermoso!
- Qué bueno que te guste. Te traje una carta. Te la iba a dejar en tu cuarto.
Agarró el sobre y me abrazó del cuello. Casi me muero de la emoción y pareció como que un temblor estallara dentro mío. La tenía tan cerquita que pude sentir el aroma a nesquik y galletas chocolinas que salía de su boca. Me dio dos besos, uno en cada mejilla. Me puse colorado como un tomate. Sentí mi cara desfigurándose entre las ganas de llorar y reír. Ella, paradita donde estaba, estiró su mano y con los dedos rozó los míos.
Me hubiera gustado tener la edad de mi hermano más grande y poder decirle todas las cosas lindas que él le decía a su novia por teléfono. Pero no me salía nada como si fuera un tonto que no sabía hablar.
- Somos novios Benja - agregó antes de salir corriendo.
Quedé allí. Parado. Sin poder moverme. ¡Era la persona más feliz del mundo! La cabeza me daba vueltas y tuve miedo de caerme... ¿Y si me caía...? ¿Qué...? ¡No me importaba nada de nada!
Esa tarde fue como estar flotando todo el tiempo. Pablito me parecía el chico más vivo del mundo. La abuela me parecía divertida y hasta la hubiera invitado a jugar con nosotros. Si mis hermanos hubieran estado les hubiera dicho que nunca más los pelearía y a mi mamá que me portaría bien y que haría siempre los deberes y comería coliflor, remolacha y hasta donaría mi postre los domingos.
Esa misma tarde, cuando jugábamos en el jardín, subí a la palmera: saqué dos billetes del frasco. Cuando jugamos adentro saqué dos más del cuarto de la abuela. Deseaba hacerle el mejor regalo del mundo a Natalia.

Al regresar a casa fui derecho a encerrarme en el baño, desarmé el paquete que me había regalado Natalia y encontré veinte figuritas. Diez de cada colección. Estaban las más difíciles. Estaba la de Amstrong pisando la luna, la de San Martín en su caballo blanco, la de Colón con la Santa María, La Niña y La Pinta y la del Zorro abrazado con Don Diego y el Sargento García, la de Maradona y la de Pelé. Eran las súper más difíciles. Nadie las tenía. Ni siquiera Pablito. A la hora de la cena tomé toda la sopa. Mi mamá no entendía qué pasaba. Fui a la cama y dormí feliz.

A medida que pasaban los días la euforia del amor se transformaba en la tristeza de la soledad y pensé que era la persona más desgraciada del mundo. Lo único que faltaba era que me quedara de grado por no saber dónde poner las comas en las divisiones y el lío que armaba para calcular la raíz cuadrada. ¡Para lo que servían esas pavadas!
Entramos a la última semana de clases cuando una mañana Pablito vomitó en el recreo. Lo enviaron a enfermería y me ofrecí a acompañarlo mientras la maestra avisaba a la casa para que vinieran a buscarlo. Lo recostaron en una camilla y el cura enfermero le tomó la temperatura, le miró la garganta, le revisó los ojos con una linterna y cuando le preguntó qué había comido el fin de semana le diagnosticó un empacho. Me dieron ganas de sugerirle que mi tía podía tirarle el cuerito pero preferí quedarme callado. “Nada grave... nada grave...” repetía el cura mientras le ponía una estampita de San Cristóbal entre las manos. “A rezar, a rezar... es el mejor remedio...” En ese preciso momento tocaron la puerta y entró otro cura y la madre de Pablito con cara de asustada. Me dijeron que esperara afuera. Salí al patio y vi a Natalia con el uniforme del colegio. Se acercó y me dio un beso. Fuimos a sentarnos a la fuente de los “monos”. Me preguntó por su hermano y me dispuse a hablar de nuestro “amor”.
- Nati.
- ¿Qué?
Justo allí apareció Pablito con la madre y el cura y se sintió un grito “Vamos Natalia que llegás tarde al colegio” Se levantó como un resorte y salió disparando. A mitad de camino dio media vuelta y se despidió haciendo ademanes con los brazos.
Necesitaba contarle a alguien lo que me sucedía con Natalia pero no tenía a quién. Pensé en mi hermana Celeste. Pero estaba con los asuntos de sus pinturas y pasos de baile. Mi hermano Tomy, pero él estaría más interesado en las cosas de Pablito. Mi mamá, pero la culparía de mis distracciones. De los amigos del colegio: ninguno...
El año se iba y me sentía muy lejos de Natalia.
El último día de clases fue el peor de mi vida. Lamentaba no poder compartir la alegría de todo el mundo, arrojando papel picado, saltando por el patio y comentando los planes del verano. Llegué a casa y me encerré a llorar sin poder parar. No sabía de dónde podían salir tantas lágrimas.
Estábamos cerca de fin de año y entre las fiestas de fin de curso, algunos cumpleaños de mis hermanos y las planificaciones del veraneo, llegaron las vacaciones, la familia de Natalia se fue a Punta del Este y nosotros partimos al campo.
Fue un verano tristón. Salía a caballo y añoraba llevarla en ancas abrazada a mi cintura; íbamos caminando al río y me parecía que se asomaba detrás de cada piedra y cuando por las tardes partíamos de paseo hasta la “ermita” o la “cueva del aparecido” yo me quedaba atrás, huyendo de las carcajadas y las charlas tontas de mis primos. En los días de lluvia el tiempo parecía detenerse. Sólo había gotas de agua cayendo desde el cielo; cuando lloviznaba parecía que demoraban su caída a propósito, para que yo sufriera. Mis hermanas, mis primas y sus amigas, parecían tontas y feas.
Una tarde pasaba por la cocina y escuché a mi mamá decir a mi tía que se quedara tranquila que yo estaba en la “edad del pavo”. Me dieron ganas de entrar y largarme a llorar sobre su falda y decirle que no era lo del “pavo” sino lo de Natalia.
Me torturaba pensar dónde estaría ella. ¿Qué estaría haciendo en esos mismos momentos? ¿Y si era tan buena con todos los amigos de Pablito como lo era conmigo?
¿Habría conocido algún chico que le gustara más? ¿Sentiría lo mismo que yo o ya se habría olvidado de mí?

A la vuelta de las vacaciones debí esperar a que comenzaran las clases para tener noticias de Natalia. El primer día llegué temprano y cuando vi a Pablito casi me muero de un susto: estaba altísimo y yo seguía allá abajo como siempre. Me desesperé al pensar que Natalia hubiera crecido como su hermano. No aguanté más y se lo pregunté.
“No... esa sigue igual de enana que siempre” contestó distraído.
Deseaba hacerle diez mil preguntas más. Pero no tuve la oportunidad. Él sólo me contaba las pavadas que se hacen en las vacaciones, no sé qué de unos juegos electrónicos, de unos avioncitos a control remoto y de unos amigos de su padre que habían venido de Inglaterra y el hijo hablaba perfecto el castellano... ¿Qué? pensé. Un Inglesito, en Punta del Este, en vacaciones, sol, mar, arena....“Pero tenía cinco años” aclaró. Respiré. Quedé tranquilo.
Yo, de mis vacaciones no le conté nada. Sólo inventé que mi papá quizás se ganaba la lotería cuando él me dijo que el suyo había ganado no sé cuánta plata en el casino con el inglés.
Al tercer día de clase cerraron las puertas del colegio por una peste, epidemia o no sé qué diablos de enfermedad que se llamaba cólera. Yo me salvé. Pero lo mismo estuve cuatro días en cama con fiebre y dolor de garganta. Creo que debido a la tristeza.
Entre una cosa y otra pasó un mes hasta que volvimos al colegio. El día que regresamos era como un primer día de clase, sólo que faltaron algunos compañeros.
Vino la directora y nos comunicó que había algunos alumnos que no volverían más al colegio y cuando leyó la lista, casi muero cuando escuché el nombre de Pablo Malplura. Era Pablito. Napoleón. El hermano de Natalia. Mi novia.
Inmediatamente me levanté del asiento y pregunté qué le había sucedido. Nos explicó que al padre lo habían trasladado a Comodoro Rivadavia. Eso era mas lejos que Rusia.
Volví a caer enfermo. En un par de semanas estaba repuesto y la vuelta al colegio fue regresar a un pasado cargado de nostalgia y melancolía.
Desde el día en que se fueron los Malplura la casa permaneció cerrada y de todas las veces que pasé, jamás vi a nadie. Unas semanas después decidí meterme. Logré entrar por el lado del jardín.
Trepé por la tapia de atrás y me descolgué adentro, el pasto me llegaba a las rodillas y los yuyos habían invadido las plantas y los canteros. La pileta tenía el agua verdosa, y flotaban unas bolsas de plástico. Me paré al borde y vi unos renacuajos dentro, nadando lo más panchos. El fondo estaba cubierto de hojas. Intenté buscar el caminito de piedras por el que saltaba Natalia; estaba invadido por el pasto y oculto entre los yuyos altos. Lo recorrí todo. Pateé algunos cartelitos con los nombres de las plantas y vi el pico de agua goteando cubierto por musgos y caracoles. La enamorada del muro, caía desarmada sobre el limonero. Intenté apuntalarla, la levantaba de un lado y se caía del otro, la soliviaba con palos y se venía más abajo, hasta que quedé agotado. En la galería los foquitos estaban rotos y los apliques ladeados. Me acerqué a los ventanales y dentro vi todo vacío, abandonado, sólo una caja de cartón desarmada olvidada al medio de la sala y una escoba quebrada al costado como únicos habitantes. Quedé apoyado contra el vidrio, con la esperanza de que Natalia me sorprendiera como solía hacerlo o verla aparecer de pronto con alguno de sus disfraces, o con su “Belén” entre los brazos, o saltando la piola. Deseaba escuchar por última vez en mi vida su voz de tonete, o su “o la laaaaa” o como mínimo su simple silbidito. Pegué mi oreja contra la ventana esperando que me dijera algo. ¿Sí? ¿Sí? Juraba que si aparecía le diría todo lo que nunca me animé a decirle y se lo diría en voz bien alta, sin importarme nada, ni Pablito ni la abuela ni nadie. Gritaría que la amaba por más que mis hermanos se rieran a carcajadas. Gritaría que estaba dispuesto a morir por ella.
Pero no. No apareció...
Di media vuelta y antes de irme rodeé la pileta y quedé bajo la palmera. La trepé. Me instalé donde siempre lo hacía cuando un reflejo me encegueció de pronto. Allí estaba el frasco. Me acerqué gateando como la primera vez pero con una sonrisa llorosa. Lo tomé, lo abrí y encontré unos pocos billetes. Los saqué y entremedio vi una hoja blanca. Era una carta que decía “Benja”. Casi me caigo. Era la respuesta de Natalia a la que le había regalado el mismo día en que me dio las figuritas.
Me decía que sabía que volvería a ese sitio y me dejaba algunos “billetitos”. Decía que le hubiera gustado que escapáramos “a un lugar bien, bien lejos, a un lugar con mar” Decía con letras rosas que me amaba mucho y me rogaba que la disculpara por no haberse despedido, pero “... me hubiera sido imposible Benji... ¿serás mi novio toda la vida?” Con esa frase, terminaba.
Guardé los billetes y la carta. Dejé que mis lágrimas llenaran el frasco, lo cerré y lo dejé escondido donde estaba.



Santiago de León
gandeleon3000@yahoo.com
®©



[1] Maestra

[2] Juego que consiste en arrojar monedas o caramelos al aire para que los concursantes lo agarren.

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