Binomio Fantástico
Binomio Fantástico
El tema de la redacción era las cavernas del nadador o algo por el estilo. Recuerdo que debía utilizar las palabras “caverna” y “nadador”.
Nos miramos como si la profe se hubiera vuelto loca o estuviera demasiado cansada. Cuando percibió esas miradas cómplices se dirigió a la pizarra y empezó con la explicación.
- El examen es una redacción libre. Deben utilizar la técnica literaria del binomio fantástico. Tienen que encontrar alguna relación entre estas dos palabras, “caverna” y “nadador”, y redactar una composición de no más de dos hojas.
Maldije a quien se le había ocurrido esa pavada de binomio fantástico. Pero si pretendía pasar el examen solo debía concentrarme en “caverna” y “nadador”.
Ante el desconcierto, la profesora intentó activar nuestras neuronas y nos dio la posibilidad de que entre todos propusiéramos algunas relaciones. Fue así como partiendo de “nadador” salieron palabras de las más diversas y hasta algunas frases, como la de Gorka, que nos contó que cada vez que escuchaba la palabra “nadador” le venía a la cabeza la frase: “la loca aterrada casi se ahoga”. Cierta vez, en un curso de buceo, Gorka intentó hacer una broma a una compañera; le acarició, suave, los dedos del pie desde abajo del agua. La chica casi se ahoga del susto y ambos terminaron a los manotazos. Gorka, muerto de la vergüenza.
Salieron también palabras como “mar”, “flotar”, “líquido” y otras no tan acuosas como “silencio”, “luz” y “profundo”.
Acabadas las explicaciones no quedó más que poner manos a la obra. El tic tac del reloj que colgaba de la pared sonaba ensordecedor. Levanté apenas la vista y me pareció que todos hacíamos lo mismo: ¡Nada! Me lo confirmó la voz ronca de Iñaki que tronó proponiendo retirar el reloj y volverlo otra vez a su sitio al terminar el examen.
- Basta de bromas - dijo la profe.
Escribí la palabra “caverna”, tracé una flecha y escribí “nadador”.
Imaginé un nadador en el mar y.... en el horizonte, una caverna. Me sentí estúpido con la idea. Quizás podía trabajar con las palabras relacionadas y a último momento sacar, como un mago de la galera, alguna frase como:
“... por fin el nadador salió de la caverna”
La escribí. No me pareció mala. Pero era una frase para un final. Entonces, así terminaría el relato. Ya tenía solucionado el problema de la relación del binomio fantástico.
Para que un nadador salga de una caverna, antes debían suceder cosas, y eran tantas esas posibilidades que me vi enredado en un laberinto.
Me dispuse a continuar cuando, de reojo, vi algunos compañeros devorando hoja tras hoja. Me desesperé como un buceador que está a punto de acabar su reserva de aire.
Suspiré pensando que tal vez debería intentar un artículo deportivo, algo acerca de los juegos olímpicos o alguna competencia de natación. Pero los deportes no eran lo mío y para los juegos olímpicos faltaban tres años, por lo que descarté la idea.
Miré el reloj y la mitad del tiempo había desaparecido.
Si reprobaba literatura le daría un fuerte disgusto a mi padre. Era su pasión, además de su profesión. Había escrito tres libros y contaba con orgullo que a sus diecisiete años ya tenía veintitantos cuentos. Pero yo, a mis diecisiete, no había escrito ninguno.
“¡Basta!” sonó una voz dentro mío. “¡A trabajar!” continuó como una orden.
Jugaría con una idea enigmática o algo que tuviera muchos entresijos.
Tomé mi cabeza con ambas manos esperando el arribo de alguna idea, sentí los latidos de la sien sobre mis manos. ¡Por fin! Tenía la segunda frase, que finalmente sería la primera, y escribí:
“Sentía latidos en la sien”
Como esta frase lograba dar una sensación de misterio, decidí repetirla para acentuar ese halo misterioso:
“sólo sentía latidos en la sien que retumbaban sordos en ese silencio profundo y ahogado”
Esos latidos y el efecto del agobio sufrido fueron el detonante que impulsó el lápiz sobre la hoja para escribir otra frase más:
“El peso de la cabeza me hizo girar dentro de ese líquido viscoso del color del ámbar en el que me encontraba, dando vueltas y vueltas como un astronauta en estado de ingravidez”
Todavía no sabía muy bien hacia donde iba. Pero sí que había dos cosas muy importantes: principio y final. Ya tenía un hilo atado a esas dos puntas y ahora era cuestión de tirar y aflojar para que ambos extremos por fin se unieran. “Al medio siempre suceden cosas importantes” había respondido mi padre en una entrevista.
Releí los escasos renglones escritos y decidí continuar incorporando algo sonoro:
“De pronto escuché una voz dulce susurrándome al oído: “Nada.... nada”.
Miré hacía todos lados y percibí que el líquido tomó el color de una penumbra clara. A pesar de no sentir temor supe que debía buscar pronto la salida”
El misterio continuaba y debía dar un sentido a esta historia o se convertiría en una madeja imposible de devanar.
Por un segundo me volvió la idea de romper la hoja y empezar con una historia simple, sin tanto misterio; algo como un marinero que zarpa a navegar, lo sorprende una tormenta y naufraga; casi moribundo, se despierta en una caverna con una esbelta Amazona dandole respiración boca a boca. Pero la idea me resultó horrible.
Tomé el lápiz y continué dispuesto a salir del embrollo matizando con luminosidad:
“De repente una luz difusa como un punto muy pequeño, apareció en el fondo. Me costó esfuerzo divisarla. Desde allí procedían ondas sonoras indescifrables llamándome. Quise dirigirme hacia aquella luz, pero mi cuerpo comenzó a dar volteretas como un barco sin timón remolinando en la tormenta. Desde la pequeña luz, llegaron sonidos nítidos confirmándome que esa, era la salida”
Aunque continuaba con el misterio, en esa pequeña luz estaba la resolución del tema, algo encontraría a medida que este nadador se fuera acercando a ella.
No me importó más nada de nada. Ni el examen ni las historias que hubieran escrito los compañeros ni la cuestión de mi papá. Sentí mi corazón latiendo al compás del corazón de ese nadador y me vi flotando y viajando con el personaje que, aunque no conocía demasiado, sabía que no me defraudaría.
Debía utilizar el tiempo con prudencia. No era cuestión de seguir a la deriva y que la profe diera la orden de entregar y yo allí con mi historia a medias tintas.
Respiré tranquilo tres veces y decidí tensar y aflojar por última vez la historia.
“Me di cuenta que perdía el aliento y sentí temor. Debía llegar pronto hasta la luz. El líquido iba perdiendo su densidad y el estado de gravitación había cambiado. Ya no flotaba a gusto y todo se complicó mas aún al no poder apuntar mi rumbo hacia aquella entrada. Sólo una cosa me sosegaba, esos latidos en la sien que no cesaban y ese susurro suave: “Nada, nada”, que ululaba como una brisa fresca en la primavera...”
La historia estaba a punto. La tenía por las astas. Saqué el pañuelo del bolsillo y enjugué el sudor de las palmas de mis manos. No distraje un segundo mi vista del papel y como quien se coloca un guante y empuña el florete, tomé el lápiz para clavarlo al final de la hoja.
“Entonces, me tensé como un arco y de una patada me impulsé como una flecha rumbo a la salida. Realicé el trayecto sin encontrar obstáculos. Sin desviarme ni un milímetro del objetivo: hasta que por fin salí.
Seguro que jamás regresaría a ese paraíso. Me recibieron unos guantes blancos y un inmenso alboroto se formó a mi alrededor. Luces gigantes cegaron mi vista. Así fue como nací. Cuando me asentaron en los brazos de mi madre, con una inmensa sonrisa me susurró al oído: “ ... por fin el nadador salió de la caverna”.
La profesora avisó que faltaban quince minutos. Corregí y entregué la hoja. Regresé a casa caminando bajo el sol tibio de ese invierno. Estaba satisfecho. No sabía si sería un escritor como mi padre, pero al examen lo pasaría.
Santiago de León

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